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9 de junio de 2011

Ponerse en jarras

La culpa al tiene Clare Maguire que conste (como veis sigo madurando... le echo las culpas al resto)



Esa pose, esos brazos en jarra y también esas uñas rojas, esa bata vaporosa a modo de vestido y esa caída de ojos en plan: soy mala, fatal y venenosa). No voy a destacar ni las cualidades musicales ni vocales de Clare ni el fetichismo que irradia su imagen con múltiples retoques, sino que quiero hablar de la POSTURA:

PONER LOS BRAZOS EN JARRAS:
Colocarse las manos en la cintura arqueando los brazos.

En principio no dice nada más. ¿Qué puede significar? Tomando esta pose los brazos descansan, reposan sobre la caderas y ciñen la cintura si las manos se colocan hacía delante, sin embargo si las manos se colocan hacia la parte posterior de la cintura podría parecer que estamos sufriendo un ataque de lumbago o de cualquier problemática relacionada con nuestros riñones.

Por tanto podría ser interpretada como una postura/ademán de quien trabaja, hace un esfuerzo físico y/o padece algún tipo de trauma debido a un esfuerzo físico realizado (dolores posturales de todo tipo y colores).


Pero como suele suceder, el gesto y la pose, la expresión que le da nombre tienen otros significados; cuántos hayamos querido verles a lo largo del tiempo. Las palabras trabajan con su peculiar juego de redes que capturan acciones y vivencias, las reconstruyen, les dan una nueva forma y ésta perdura hasta perder su sentido original. Trabajan para qué la expresión verbal que acompaña al gesto original y a la actitud que hay tras ella se acaben moldeando, de tal forma que la palabra convertida en metáfora en nuestro léxico se configure como un Causa-Efecto, una moneda cuya cara da voz a la cruz.
En nuestro caso, las palabras trabajan para la convierte el gesto blando de la carne en lo inamovible de otra materia: de carne a cerámica/metal en este caso (jarra). Poner los brazos en jarra -como en el caso de Batman y Robin- pasa a ser considerado un signo de firmeza, como un gesto de "aquí estoy yo y no podrás pasar", es en definitiva un gesto que nos transmite dureza, valor y inamovilidad como ya hemos comentado.

Y entonces, esa actitud que es -prácticamente- de intransigéncia hacia lo que hay enfrente, pero también de incapacidad para apreciar el movimiento que hay en el otro, que opta por cerrarse y formar una barrera entre ambos se convierte poco a poco en una postura reivindicativa y transgresora, hasta cierto punto macarra, mediante la apropiación. El gesto se transforma, del Batman vengativo (y de su postura paternalista/protectora y autoritaria de cualquier superheroe) pasamos a la postura del "ajeno" y del "marginado", del "confrontado" de quien pretende deshacerse la postura de Batman.


En este caso, los brazos en jarra acompañan a los brazos cruzados, dándole una réplica. Es el gesto de quién fija su centro de gravedad y abriendo las piernas como el Coloso de Rodas, toma posición y planta cara: a la vida, al poder, a lo negativo y a lo positivo, planta cara por plantarla y como véis las palabras vuelven a trabajar y construyen una nueva expresión y una camina junto a la otra. Brazos en jarra // plantar cara.

Esa actitud de quien se sabe agraviado, que sabe que va a recibir y que por ello debe estar dispuesto a tomarlas tal como vengan,pero también de quien sabe que se sitúa fuera, que decide por voluntad propia quedarse en un margen y caminar en paralelo; que sabe que por ello será considerado perjudicial.


Es un gesto abierto, que no se esconde, que dice que en nosotros no hay miedo, que deberían temernos (sin más).


Y, en el caso de las mujeres más todavía. No se trata de las musas del Punk (Debbie Harry) o de las damas del Gothic (Diva Destruction) mujeres que optan por remarcarse como "extrañas" fuera de la órbita femenina estandard, sino que es innherente a todas las mujeres. La gestualidad en ellas, en nostras, en mí, siempre ha sido considerada la única manera de acceder y comprender nuestro "supuesto" y oculto mundo femenino, siendo la construcción de un lenguaje del abanico un sencillo ejemplo que debemos siempre tener en cuenta. Habiéndose precintado el uso del lenguaje durante gran parte de nuestra historia las mujeres nos hemos visto obligadas a gestualizarr, a expresarse con el cuerpo; y he aquí la paradoja: también se nos ha acotado el uso del mismo y del gesto. Una mujer que usara grandes aspamientos para comunicarse era inmediatamente una mujer tomada por desequilibrada; una mujer que pusiera en práctica una gestualidad no atribuida a su sexo era considerada una mujer no-instruida y asalvajada, con un poco de suerte era considerada una mujer de baja clase como. La imagen de la mujer se ha construido sobre una supuesta mesura artificial y envarillada, y sus gestos debían ser artificiales en consecuencia y de ahí la cantidad de lágrimas que han vertido los poetas llamándonos falsas.

Y, sin embargo, el gesto prevalece, porque es natural, porque significa lo mismo para ellos que para ellas, porque el gesto es materia blanda y nada más que irriadia fuerza. De ahí la foto de La Pantoja, que no es ni será jamás santa de mi devoción, pero que constituye el ejemplo del que hablo: es tenida por una gran mujer, por la fuerza que transmite por su voz, historia y también por su gestualidad en el escenario y fuera de él. Es tenida además por epíteto de la feminidad de estos lares y es sobretodo una mujer que en cuanto puede se pone en jarras y enseña los dientes como un lobo. ((que es lo importante))

Efectivamente: la portada del infame SHE WOLF de Shakira es otro gran ejemplo de Ponerse en Jarras. De nuevo una mujer, no sabéis lo que cuesta encontrar imágenes de hombres en jarras que no sean de superheróes... es preocupante incluso. Así que mi teoría se mantiene derecha: es un gesto del que se han apropiado las féminas por lo que parece. Me reitero: es un gesto de confrontación, es decir que hace frente -lo intenta- a un algo/alguien, que posiciona en un aquí y ahora y que da voz y sentido, porque las palabras trabajan incluso mediante la gestualidad...


29 de enero de 2011

nacidos y muertos

A veces me pregunto porque persistimos en decir que somos mortales, como autoasignándonos la responsabilidad de morir, recalcando día a día tan sólo el "posible" final. Escribo posible entrecomillado, porque aquí cada cual que decida callar o proclamar la mesura-la intensidad de su alma inmortal, o por el contrario la vacuidad de la misma, la posible negación de ella incluso.
No es esta la pregunta que me hago

Si lo es la siguiente, la primera que he escrito: ¿Por qué persistimos en decir que somos mortales?. ¿Por qué no decimos de nosotros mismos que somos nacidos y nacidas? Y así nos reclamamos como Venidos a este mundo sin más, con la misma incertidumbre con la que nos vamos a ir... eso nos dicen.

Me hace sospechar. Últimamente pienso demasiado en las palabras, en el sentido y en el significado, el propio y con aquel que van quedándose con el tiempo; pienso en cómo poco a poco voy errando en su uso, como parece ser que me he instalado en una cómoda butaca lingüística que va amoldándose a todo aquello que pienso, aunque hay quien diría que es precisamente el uso de un cierto y acotado vocabulario el que moldea mi pensamiento y no otro.

Y así, sigo pensando en porqué escojo un verbo y no otro, en cómo y porqué insisto en construir aberraciones a base de preposiciones; sobretodo, pienso en los errores y en los "hacendados" de más. Pienso, sin más.

Es más, las palabras que pienso me llevan al almacén de todo lo que he ido intuyendo a lo largo de los años, todo aquello que nunca han tenido nombre y que por ende se queda en la sombra, agazapado y esperando, hasta que alguien por mí las nombra, les da un cuerpo (su cuerpo) formado por trazos, por golpes de muñeca, por un divertido teclear (entonces no intento imaginarme esas uñas arañando las letras sobreimpresas). Cuando él o ella nombra y da a luz al pensamiento que he llevado en mí, intuido y huérfano, es entonces que veo cuan largo es el camino de los pensamientos y qué desconcertante el senderillo de los míos tras esta bruma.

Pensar en palabras me da pie a pensar en la neblina que emboza mi frente, traba mi lengua y que coloca una mano fuerte y callosa sobre mis labios. No quisiera decir que no sé ya nombrar ni deletrear, no quisiera hacerlo y no lo hago, sumergiéndome en el páramo de esta particular batallita. Me desdoble y me parto las rodillas a base de dicotomías, que con cada amanecer pierden un poco su lustro y refinamiento semiótico.

Antes vivía, de cuclillas en la cornisa de la dialéctica... ahora, ahora prefiero cohabitar con la jauría de "intuiciones" que he ido dejando sin nombrar. O el vendaval de allá a fuera o la calidez de las estancias oscuras, de lo no visible y sí sentido. No se trata de una habitación del pánico mental, de una barrera, se trata más bien de arañar el teclado y de escuchar el centenar de vocecillas que sienten mi día a día.

Ayer me acosté creyendo firmemente en la inmortalidad de mí, que fluye y que es capaz de construir un cerco, un habitáculo bien iluminado.

Hoy me he despertado pensando en la insolvencia, en el poco sentido que tiene y aporta considerarnos mortales, venidos a morir, cadáveres andantes, muertos en vida, zombies postestructuralistas, fantasmas sin carne cuyo rol es múltiple e insoportable... y cuantas otras acepciones conozcáis.

Se pone el sol tras las ventanas, una de mis manos está fría y la otra palpita todavía cálida, desafiante.

¿Por qué decimos de nosotros mismos que somos mortales? Si lo único que es real, por físico y por doliente, es que somos meramente nacidos.

Será que no he sido todavía capaz de establecer contacto con mi alma, de hablarle y escucharla; y persisto en comunicarme con mi carne y no a través de ella, llamándola dulcemente y a voces, porque sé que mora al fondo de la estancia de las intuiciones y mucho más allá: mi alma.

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