15 de febrero de 2013

Julia Pastrana regresa a casa

Entre tantas noticias de asteroides y lluvia de meteoritos asomaba ayer una noticia que de refilón me hizo un poquito más feliz. No ha tenido mayor repercusión en general, solo en México y por razones obvias que serán desgranadas inmediatamente y, sin embargo, creo que es indiscutible la resonancia histórica y antropológica que contiene y se expande de la noticia.

Los titulares -por diversos que sean- no dejan lugar a la duda: Los restos mortales de Julia Pastrana regresaban a México, donde iban a recibir sepultura en el municipio de Sinaloa.

Por fin, y tras diez largos años de trabajos comandados por la artista y activista Laura Anderson, iban a regresar a México los restos momificados de Julia y de su hijo procedentes del Hospital General de Oslo, donde descansaban dentro de una vitrina de cristal en los almacenes del propio hospital, fuera del alcance de la vista de cualquier curioso. Esta era una cuestión de dignidad, no creo que exista ninguna duda al respecto.

Pero bien, ¿quién fue Julia Pastrana?.

Nacida en el municipio de Ocoroni, actualmente perteneciente al municipio de Sinaloa, en 1834, aunque antropólogos como Ricardo Mimiaga apuntan que la fecha podría no ser del todo cierta, debido a que sólo se sabe de la partida de bautismo de la niña. Se conoce que sus orígenes eran muy humildes y que tras la muerte de la madre quedó al cargo del gobernador de la zona para quienes trabajó como sirvienta hasta que, hacia 1854, su vida dio un giro radical. Unos dicen que fue vendida por el gobernador, y otros, que fue contratada por los cauces corrientes por Francisco Sepúlveda quien pretendía hacer negocio con ella.

Poco después, en 1855, el estadounidense Theodore Lent se convirtió en su primer manager en el mundo del circo. Lent se casó con ella inmediatamente a fin de poder gestionar el patrimonio que ganase con sus actuaciones, sin tener que ir a comisión. Y así, fue como Pastrana y Lent emprendieron su vida y negocios en común.


Un año antes, en 1854, el doctor Alexander B. Mott se interesó por la naturaleza de Julia, quien era anunciada en sus actuaciones como el fruto de los amores pecaminosos entre un hombre y un orangután o como Animal misterioso incluso. El examen del doctor fue claro en cuanto a la naturaleza de Julia:se trataba sin lugar a dudas de un híbrido de humano y simio. Tres años después, el doctor y zoólogo Francis Buckland describió a Julia como una "simple mujer india mexicana deforme", analizó también el carácter y personalidad de la muchacha y determinó que se trataba de una persona que distinguía el bien del mal, que mostraba fuertes rasgos de caridad y bondad, generosa y divertida. Dejó escrito que si bien sus rasgos no eran los más agraciados poseía una bonita voz y cantaba bien.

De hecho, Julia Pastrana no era como el resto de mujeres barbudas de los circos de fenómenos norteamericanos, no, Julia estaba mucho más emparentada con las clásicas mujeres barbudas de las cortes europeas, como lo fueron la niña gato Lavinia Fontana o la famosa Bárbara Urselin. Julia cantaba, bailaba, a pesar de su poca cultura en poco tiempo aprendió hablar varios idiomas con soltura, actitudes que fueron ampliamente explotadas por Lent. 

Debemos comprender que en aquellos días, la efervescencia colonial, la exploración de las selvas de Madagascar o Sumatra entre otras, y las leyendas sobre grandes simios que raptaban niños y mujeres para aparearse de las que se hacían eco los medios gráficos de la época, pero, muy en concreto, la sacudida de las teorías de Darwin sobre el origen de las especies, hacían literalmente hervir el imaginario popular y colectivo, hervía con fantasías sucias y abigarradas sobre mujeres simio vestidas de encaje, niños lobos, seres de miembros imposibles, deformidades peludas y muy especialmente sobre cualquier tipo de híbrido vivo o muerto. Hablo de fantasías y no lo hago exagerando: existe un cierto placer cortesano de querer el contacto con un cuerpo deforme, por tocar lo imposible, no se trata solo de curiosidad sino de audacia y de saberse superior, distinto a ello, ¿y qué es ello? el resto, la prueba de lo animal en nosotros. Y en medio de esta jungla de juguetes sobre escenarios a poca luz, destaca Julia Pastrana.

Afectada desde su nacimiento por hipertricosis generalizada y hiperplasia gengival, medía apróximadamente 1'37-38 centímetros.

A lo largo de los siguientes años el matrimonio formado por Theodore Lent y Julia Pastrana giraron por medio mundo, especialmente por Europa, visitaron entre otros países como Rusia, Francia, Inglaterra, Austria y Alemania, Polonia y los países escandinavos. A inicios de 1860 Julia quedó embarazada, dando a luz a finales de ese mismo año en Moscú, fue un parto muy complicado debido a la complexión de Julia, su hijo heredó como era de esperar la hipertricosis de su madre debido a que es una enfermedad genética, a pesar de su tamaño y peso el niño murió a las 36 horas de nacer. Julia lo hizo cinco días después debido a una peritonitis post parto y contando con tan sólo 26 años de edad.

Y hasta aquí podríamos tener una de otras tantas historias sobre mujeres barbudas, supuestos fenómenos de la naturaleza exhibidos. Sin embargo, aquí, después de la muerte de Julia y de su hijo empieza el episodio que denigra la memoria de ambos.

Theodore Lente mandó  al profesor Sukolov (de la Universidad de Rusia) embalsamar los cuerpos de madre e hijo, engalanó el cuerpecito de Julia con uno de sus vestidos preferidos y creó para ellos un cuadro, un retablo decorado con madera y pan de oro. Obviamente, no lo hizo del todo movido por el sentimiento de pérdida, sino que se movió por el afán de lucro. Tras disputarse con la Universidad la propiedad legal de los cuerpos, Lent recuperó a "su familia" para cumplir con la pretensión de exhibir más allá de la muerte a la que fue su fuente de ingresos en vida.  Y así fue hasta que aconteció la muerte de Lent en 1884

Diez años después (1870 aprox) Lent se casó con otra mujer barbuda/peluda, esta vez era Marie Bartel, una rubita muchacha alemana. A partir de entonces Marie pasa a ser conocida como Zenora Pastrana, una supuesta hermana perdida de Julia. El espectáculo que representa Lent es el siguiente: exhibe las momias de Julia y su hijo en su vitrina de cristal al fondo del escenario y por delante se pasea Zenora (Marie).

Cuenta Pilar Pedraza en su libro Venus Barbuda y el eslabón perdido que Zenora/Marie no aguanta mucho y los cuerpos de Julia y su hijo son finalmente enviados a una feria en Viena. El matrimonio Lent se instala de nuevo en Rusia y viven bajo la protección de los zares, vivieron cómodamente junto al hijo que tuvieron, un niño que no heredó la enfermedad de su madre. Hacia 1883-4 Lent empieza a decaer física y psicológicamente y Marie decide encerrarlo en un manicomio, donde morirá en 1884. Con la muerte de Lent las momias pasaban a ser propiedad de Marie Lent, quien en cierto modo se dedicó a limpiar el engaño que había tejido Theodore. Se exhibieron en dos ocasiones juntas para demostrar que Zenora y Julia eran radicalmente distintas, que no eran hermanas. La viuda de Lent entregó las momias a J.B Gassner quien las fue haciendo girar por diversas ferias, circos, túneles de terror y gabinetes de las maravillas (muy populares en la época). En 1921 las momias fueron compradas por el empresario noruego Haakon Lund, dueño del mayor parque de atracciones del país, quien las mostró durante años hasta que las críticas hicieron que las retirara. 

Con la invasión del ejército nazi en la Segunda Guerra Mundial las momias fueron confiscadas y llevadas al Hospital General de Oslo donde, como ya hemos dicho al principio, han permanecido ocultas hasta hace 10 años. 

La siguiente protagonista es Laura Anderson, quien descubrió la historia de Julia Pastrana al ser contratada en Nueva York como diseñadora del vestuario en una obra de teatro basada en la vida de la propia Julia. Aunque con anterioridad ya se había contactado con el Instituo de Ciencias Médicas Básicas de la Universidad de Oslo tanto desde la Cancillería Sinaloa como en forma de peticiones oficiales de la Embajada mejicana en Oslo.  

Durante los siguientes diez años se fueron sucediendo los trámitses y peticiones de la embajada mejicana, así como los actos reivindicativos organizados por Laura Anderson. Finalmente, dieron su fruto el pasado 7 de febrero la Universidad de Oslo entregó los restos de Julia Pastrana y estos fueron repatriados hasta México. Se ofició un acto solmnes con parlamentos entre otros de la vicerectora de la Universidad de Oslo donde pedía disculpas por los sesenta años en los que los cuerpos de Julia y de su hijo habían sido exhibidos. Una vez enterrados, descanse en paz, y fin de este capítulo. Pero ¿cuántos casos más como Julia Pastrana hubo? Me refiero a todas aquellas personas que fueron embalsamadas y exhibidas, expuestas en museos y galerias... y cuánto tiempo tendrá que pasar para que se les restituya el honor del que fueron despojados en vida y en muerte.

En Cataluña tenemos en nuestro triste haber uno de estos innumerables casos, el conocido "Negre de Banyoles" miembro de la tribu san, también conocidos como bosquimanos, aunque el origen de la "pieza" era francés, en 1916 fue adquirido por el Museo Dader de Banyoles. No fue hasta marzo de 1997, justo cuando se iniciaban los primeros pasos para repatriar a Julia, que por petición expresa de colectivos africanos afincados en la zona el ayuntamiento estimó que el cuerpo del bosquimano, del que desconocemos el nombre para mayor vergüenza, fuera retirado de las salas del Museo. No sería hasta 2007, y tras haber suscitado el interés del por entonces Secretarío General de las Naciones Unidas Kofi Annan, cuando por fin sus restos fueron devueltos al gobierno de Botswana. Allí fue enterrado con honores dentro del parque natural de Tsolofelo ante las autoridades locales, lideres tribales san y las delegaciones de la Unión Africana y de España.  

Entre asteroides y lluvias de meteoritos, para mí, hoy es mucho más importante esta otra noticia que a duras penas ha sacado la cabeza más allá de los dos países implicados.

2 comentarios:

leydhen dijo...

Menuda entrada te has marcado, de verdad.

Conocía la historia (soy de gustos demasiado eclécticos, me parece a mí, lo mismo me intereso por la biografía de asesinos en serie que sobre las bondades y miserias de lo que fue el siglo XIX en lo social), pero no sabía que habían por fin concedido en darle digno reposo a sus restos.

Clara dijo...

No sabes la sensación de "felicidad" que me recorrió el cuerpo al leer el titular creo que fue en Televista. La sensación de "se ha hecho algo bien por fin".

Entiendo que repatriaciones como estas puedan tardar 10 años, lo vivimos con el asunto del Negre de Banyoles desgraciadamente, hay que certificar mil historias sanitarias al mover cuerpos embalsamados de un país a otro. Diría que es más una cuestión legal que no sanitaria, las aduanas, los controles en los aeropuertos y hay que sortear el mismo tratamiento jurídico de dichos restos.

Pero por fin están en casa, enterrados en la localidad que vio nacer a Julia.

El siglo XIX fue muy miserable, el XX le ha ido a la par.

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